Nueva Cultura Rural
Inauguramos este blog con una de las voces de la Fundación GEA Gestión Territorial en el que iremos aportando la visión que nos singulariza. Me encargo de tejer y coordinar la Red Rural GEA, que quiere dar visibilidad a todas las iniciativas, proyectos, asociaciones, instituciones, personas que ponen en valor el mundo rural y la vida […]
Inauguramos este blog con una de las voces de la Fundación GEA Gestión Territorial en el que iremos aportando la visión que nos singulariza.
Me encargo de tejer y coordinar la Red Rural GEA, que quiere dar visibilidad a todas las iniciativas, proyectos, asociaciones, instituciones, personas que ponen en valor el mundo rural y la vida natural, que entre todos debemos custodiar para el bien de las siguientes generaciones de seres humanos y demás especies, pues no todo se trata de nosotros y nuestras necesidades, como diría Lin Margulis “la vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”. La desaparición de una sola especie produce una cascada de consecuencias en los hábitats.
Este escrito es una invitación a la capacidad asociativa de las personas de buena voluntad que despiertan a esa red de interdependencia de todo lo vivo y aprenden o se esfuerzan por descentrarse del obsesivo egoísmo individual, levantan la mirada y ven, como decían los taoistas, diez mil seres obrando la sinfonía de la vida y se sienten inmersos en la misma vasta red de vida y actúan en consonancia a esa sabiduría.
Es un llamado a que nos reunamos alrededor de las visiones ancestrales y de las nuevas, una “ecología de saberes”, sobre los que es caminar en armonía sobre la tierra. Y que asumamos que la gran crisis que vivimos es una profunda desconexión entre nosotros y la Tierra a la que los griegos llamaban Gea, la Diosa que a todos nutre, para señalar en lenguaje mitológico que no se trataba de un conjunto de meros recursos materiales sino de un organismo vivo, con una conciencia capaz de autorregulación cuando no se interviene contra sus leyes naturales, como, por ejemplo la geoingeniería. Como decía el científico James Lovelock, en un lenguaje más actual, es “un superorganismo vivo”.
Es una convocatoria a defender una cultura que no nos podemos permitir perder, pues nos da de comer alimento y belleza, gracias a la simbiosis que durante siglos se ha producido entre la naturaleza, que es anterior siempre a cualquier sociedad sobre la tierra y la cultura rural, que Félix Rodríguez de la Fuente sintetizó como “el Hombre y la Tierra”.

La cultura rural
Esta cultura es un mosaico de actividad humana, de cultivo, de cuidado, de habitar en un lugar con otros donde la red de interdependencia natural es la ley de cada día. Donde los dedos que ordeñan las ubres de las cabras tienen una sensibilidad desconocida, donde se siente la tormenta en las rodillas, donde se descubre agua subterránea con un simple palo en forma de horquilla o se resuelve una picadura de alacrán con una corteza que tiene medicina en la savia.
Donde se previenen incendios mientras se diseminan semillas con un rebaño de cabras en las que todas tienen nombre y cariño. Donde se limpian las acequias de la cultura árabe y se cultiva agua con nuevos sistemas para ordeñar las nubes; donde se construye aún con piedra seca, sin el cemento que tanto contamina, se usa la cal y el tapial para construir casas que respiran. Donde se recoge el tomillo y la hierba de San Juan, se secan los tomates al sol y se elabora conservas para todo el año con sabor a tierra, sin químicos ni disruptores endocrinos.
Hablamos de una cultura prudente, austera, firme que tiene muchas de las respuestas a la crisis global en la que nos encontramos y que ha sido denostada desde el S. XIX, con una de las primeras ingenierías sociales cuando urgían obreros para las revoluciones industriales y el que se quedaba era el tonto y listo el que se encadenaba a las cadenas de montaje.
Esa dialéctica es la eterna fábula de Esopo del ratón de ciudad y el ratón de campo, dueño sin embargo de todas las estaciones, las estrellas, las praderas, los silencios, los amaneceres y tantas y tantas cosa que ahora por, fin, en un pequeño sector de población desencantada con el canto de sirenas de las ciudades se empieza a reconocer y a ayudar a poner en valor.
El rico bordado rural. David frente a Goliat
La Red Rural Gea pretender ser, también, un reconocimiento a todos aquellos que dignifican y mantienen viva una forma de vivir heroica, por la cantidad de obstáculos que la cultura moderna, tan rendida a un capitalismo feroz en su producción y consumo, les plantea. Auténticos gigantes, diría nuestro Quijote, molinos de vientos con aspas de macrorenovables que asolan los paisajes, cambiando las dinámicas de los ecosistemas. Granjas de cerdos que contaminan por siglos las aguas freáticas de comunidades enteras y hacen inviable la Vida en nuestros pueblos. Burocracias infernales que hacen rendirse a los pastores, los agricultores, los jóvenes emprendedores y puerta abierta para las multinacionales y la extracción de sus metales raros y demás fechorías. Políticas europeas que deciden sobre la soberanía alimentaria desde despachos de cristal totalmente alejados de las realidades de las truchas en nuestros ríos, socavando el verdadero puntal de la libertad de los pueblos, su soberanía alimentaria.
Legislaciones que venden el territorio a turismos depredadores de fondos de inversión, a minas de cielo abierto, centros de datos que esquilman al agua. Nuevos negocios “verdes” que benefician a los pocos de siempre y que son misteriosamente precursores de incendios en los veranos, en las tierras preñadas de bosques de alcornoques, de fauna y flora hispana, y que, en su dramática extinción dejan paso al eufemismo de “huertos solares” infinitos, “transición ecológica” y a una cultura tecnocrática que pretende cambiar el orden del mundo para siempre.
Pero hoy no quería hablar de Goliat sino de David. Desde GEA y en honor a lo que ese nombre significa, queremos preñar de una mirada holística a esa interdependencia entre la cultura rural y la naturaleza. Queremos visibilizar los proyectos que cuando se asientan en un territorio no ven solo lo que pueden obtener de esos recursos finitos que nos pertenecen a todos, agua, tierra, semillas, patrimonios materiales e inmateriales sino lo que pueden aportar al Bien Común de la comunidad a la que pertenecen.
Proyectos que aplican conciencia y gratitud a esa red de vida en la que estamos inmersos. Como dice la botánica indígena Robin Wall Kimmerer “La riqueza no se mide por lo que se obtiene, sino por lo que se entrega”.
La riqueza no se mide por lo que se obtiene, sino por lo que se entrega.
Buscamos a ganaderos, campesinas, artesanas, productores, que saben que tienen entre las manos una red de relaciones simbióticas que empiezan desde los microrganismos, pasando por los micelios que sostienen el entramado fértil de los bosques, la salud del agua, el aire, las abejas, los polinizadores, las mariposas y no quieren seguir esquilmando la tierra con químicos, abonos artificiales, pesticidas, sino devolverles su fertilidad con acolchados, materia orgánica, rotaciones, purines de ortiga o microrganismos eficientes.
Queremos darles visibilidad, para que desde las ciudades se les premie en el carro de la compra, que es un carro de combate contra un sistema económico que premia al que contamina y castiga al que regenera y cuida. Queremos premiar a los que no vacunan indiscriminadamente a sus animales y fortalecen sus sistemas naturales de salud y vida.
A los que mantienen el sentido común de un conocimiento ancestral que nos ha dado de comer durante siglos, hasta la llegada de esa “Revolución verde” que anuló esa reciprocidad que le debemos a la tierra y la convirtió en un rehén de un negocio sin conciencia y que ha dejado la salud de la tierra y, por tanto, la de los humanos, en manos de multinacionales agrotóxicas. A todos aquellos que hoy en día son un auténtico ejército de agricultores tradicionales, naturales, regenerativos, permaculturales, sintrópicos que luchan por recuperar de la extenuación y la enfermedad a nuestra Tierra.
Recuperar las palabras que nombran
Sabemos que la palabra sostenible ha sido desgastada por el lavado verde de las instituciones y empresas, pero no queremos dejar de nombrar las cosas porque otros las vacíen. Sostener la vida, recuperar el mutualismo y el respeto por la tierra, la responsabilidad de la relación que tenemos con los animales, con las plantas, con los hongos no se puede regir por cifras de producción sino por la generosidad, nacida de la tranquilidad de que hay bastante para todos si lo mantenemos entre todos y contribuimos a regenerarlo.
Necesitamos cultivar las virtudes de una auténtica ruralidad, que ama la tierra y -uno es de donde ama-. Los jóvenes que regresan al campo necesitan aliarse con los que siempre permanecieron, savia nueva para que no se cierren los colegios, las farmacias, los servicios básicos. Necesitamos alianzas no rencillas vanas entre los de casa y los eternos forasteros. Necesitamos aprender de los ancianos, los pocos que quedan, paciencia, perseverancia, fortaleza, austeridad, discernimiento, conocimiento, sabiduría y ellos necesitan pasar el relevo a una nueva generación de agricultores, ganaderos, pastores….
El potencial de realización personal y social que tiene lo rural, aun en medio de su extinción premeditada, nos impele a dar a conocer su bordado e invitar a muchos jóvenes y adultos que desesperan sin futuro en las grandes urbes, a los que les prometieron tras sus títulos universitarios el éxito material y la posibilidad de trascender a sus “ignorantes” ancestros que vivían a pie de tierra.
Es una invitación a volver a la casa común que es la naturaleza, con la humildad del hobbit, que quiere estar para la nueva siembra, con la sabiduría del sacrificio que la modernidad prometió erradicar con sus máquinas, y renunciar a nuestra ansia de más y más consumo y aprender que guardar las mejores semillas para volver a plantar las primaveras sucesivas.
Necesitamos veterinarias, zapateros, agricultores, electricistas, apicultores, pastoras, panaderas, apicultores, obreros, madres, padres, niños, médicos, fontaneras, afiladores de silbo y bicicleta, cuidadores de mayores abandonados, artesanas, etc. Pero los necesitamos más sabios, con los mimbres tradicionales de antes de que sucediera el éxodo hacia una cultura industrial que se está desmoronando ante nuestros ojos y crear una nueva trama de un saber holístico saludable para la tierra, para los hijos que comerán esas uvas sin pesticidas, pues se han plantado aromáticas en sus lindes. Necesitamos que sea sostenible, una economía basada en el cuidado de la casa común y la regeneración continua.
Pero sobre todo necesitamos que ese regreso sea consciente, iluminado por esa luz que todo ser humano tiene en su corazón para atravesar la caída del imperio con una sonrisa interna de saber que al final del tramo más oscuro de la noche, el alba de nuestras vidas ya no volverá a dejar de oír el canto de la abubilla y saber que la Tierra Media es la única respuesta, por duras que sean sus faenas.
¿Te sumas a volver a casa? ¿Gea te necesita? Quizá seas tu la que la necesitas para recuperar la cordura, o quizá somos ambos una sola Realidad que ama las chiquilladas de nuestros niños entre los trigales, las tartas de zarzamora de la abuela, las conversas en parajes donde el tiempo lo dan regalao, el queso con hierbas de la vecina Trini, las calabazas de la Tía Paca, la música del juglar del pueblo en las rondallas, los amores en el huerto, la mirada iluminada de tanta belleza que nos ha sido regalada.
Si te resuena esta visión holística, te sientes mínimamente identificado con estos valores de conciencia, salud y sostenibilidad, si comprendes el papel que puede jugar una nueva cultura rural de personas que ya están y otros que regresan a los pueblos, a la naturaleza, sintiéndola dentro y volviendo a formar parte del ecosistema como sujetos que agradecen, reciben y corresponden, ayúdanos a conocer tu voz, tu propuesta, saber cómo sostienes con tu esfuerzo este hogar de todos. Si sabes de alguien que lo está haciendo con amor, con esfuerzo, con cuidado también háznoslo saber, entre todos podemos visibilizar un bordado de gentes y tierra que proteja nuestro derecho al alimento, al paisaje y a la cultura de la Vida.