Una verdadera transición energética
La transición hacia la implantación de las energías renovables es un paso importante, pero no es absoluto sino relativo. No se trata de sustituir la energía fósil y nuclear por las energías renovables, sino de lograr conjugar eficazmente varias fuentes energéticas según contextos y recursos disponibles, todo ello dentro de una lógica racional, inteligente y sensible, capaz de propiciar una transición energética hacia la multiplicidad y democratización de las fuentes de energía.
Marco general
Los efectos derivados del calentamiento global son debidos a múltiples causas naturales y culturales, vinculadas por un lado a los propios ciclos y procesos de nuestra Tierra y Sistema Solar, y por otro lado al modelo económico, productivo, tecnológico y financiero que venimos desarrollando en los últimos dos siglos y medio en Occidente, es decir, desde la revolución industrial en adelante.

Una de las causas culturales más popularizada por algunos científicos, es la emisión de gases de efecto invernadero (metano, CO2, dióxido de nitrógeno, entre otros) durante el ciclo completo de generación, producción y consumo de fuentes de energía no renovables (fósiles: petróleo, gas natural, carbón y nuclear: uranio) y renovables (solar, eólica, hidráulica, mareomotriz, biomasa y geotérmica).
Desde hace más de dos décadas estamos anclados en un debate internacional, todavía hoy inconcluso y deficitario, sobre la necesidad o no de abandonar las energías fósiles y la energía nuclear a favor de la implantación masiva de energías renovables, inagotables y supuestamente menos contaminantes.
Todos los estudios científicos realizados ponen en evidencia argumentos contradictorios. Y paradójicamente, sin favorecer un debate profundo de contrastación y ponderación de las hipótesis rivales (propio del espíritu científico), una parte de la comunidad científica ha consensuado atribuirse «la verdad» sobre el denominado finalmente «Cambio Climático» justificando con ello una agenda de emergencia climática que favorece los intereses del oligopolio energético y su modelo centralizado de producción eléctrica.
Conforman dicho oligopolio: fondos de inversión, multinacionales y lobbies empresariales asociados, en connivencia con la mayoría de gobiernos. Un conglomerado de intereses financieros en el que la naturaleza y la ciudadanía no pintamos nada, por muy verdes e inclusivos que se presenten los proyectos en sociedad.
A razón de todo ello, durante dichas dos décadas las energías renovables están tomando cada vez más protagonismo como alternativa para sustituir a las energías fósiles y a la energía nuclear, y también como proceso lógico y racional de incluir a las fuentes de energías renovables en la re-definición del sistema energético. No obstante, urge y es justo aclarar que el ciclo completo de las renovables necesita muchos recursos naturales y energías fósiles, y que analizando y calculando su huella ecológica es fácil advertir la insostenibilidad de las energías renovables eólica y solar, al aplicarse a gran escala, en sustitución masiva a las energías fósiles.
Estamos ante un problema de proporción, de escala, de saber reconocer los límites óptimos (lógicos y sensibles) de cada fuente energética y saber conjugar y diversificar según la situación de cada contexto. Las renovables deben ser incluidas en el sistema energético de un territorio, un país, un continente, pero en su justa medida, proporción y ubicación. No todo vale en cualquier lugar, por ejemplo, sobre-dimensionadas a gran escala en un medio rural predominantemente natural, implican pérdida de biodiversidad, pérdida de la calidad ambiental y pérdida de oportunidades para los rurales comprometidos con un desarrollo rural sostenible real, basado en los recursos endógenos.
Las llamadas «transición ecológica» y «transición energética» apelan a la necesidad de encontrar soluciones ante una crisis eco-social planetaria efecto de un modelo cultural (y, por ende, un modelo económico, productivo, tecnológico, político, cognitivo, etc.) hoy caduco, estancado en el materialismo y productivismo a ultranza que promueven los oligopolios financieros, en pos de mantener el viejo estatus quo, las viejas estructuras de poder centralizado en unas pocas corporaciones o élites.
Una transición real debería propiciar un cambio de paradigma, de modelo; y dicha transición, en el contexto de la generación eléctrica, se llama democratización de la electricidad, tránsito del modelo centralizado al modelo distribuido, paso del oligopolio energético a la soberanía de las comunidades energéticas locales (CEL).

Estamos ahí, ciudadanía, plataformas y entidades en toda Europa, exigiendo a los gobiernos una transición energética justa y una transición ecológica verdadera, real, sin contradicciones, que nos permita atravesar el umbral de caos, confusión y corrupción actual, con la responsabilidad y dignidad propia de seres humanos conscientes y no desde la inconsciencia e ignorancia inherente al egocentrismo materialista recesivo predominante en nuestra cultura, hoy ya en evidente declive. No hay mayor ciego que quien no quiere ver.
Breve diagnóstico de la situación actual en relación a la implantación de energías renovables
Desde otoño del 2019, estamos asistiendo a un «boom» de proyectos de energías renovables, en concreto macroproyectos fotovoltaicos y eólicos, y más recientemente de biogás, que se pretenden implantar a lo largo y ancho de la geografía española. Simultáneamente, en estos 7 años, tanto en la urbe como en el medio rural, hemos sido «educados» con campañas publicitarias privadas y públicas, en redes sociales, tv, radio y prensa, para aceptar pasiva y acríticamente las energías renovables, como las «energías limpias» necesarias para hacer frente al supuesto «cambio climático».
Gracias a los medios de comunicación masiva y las estrategias publicitarias (ingeniería social y lingüística), en 7 años dichas creencias han conseguido mellar inclusive en la gente más mayor, los «hijos de la posguerra» de los pueblos más remotos y despoblados del estado español. Gente mayor que sucumbe fácil y ciegamente cuando se apela al «progreso» y al «bien de interés general». Cuán conocida es la frase: «¡Yo estoy por el progreso!».

Lo que no nos cuentan, permanece en la sombra del entramado geopolítico sobre el cambio climático, ocultando la creciente contaminación y degradación de ecosistemas naturales y la alarmante pérdida de biodiversidad de las últimas 4 décadas, evidencias que bajo la presión de la macro-economía, todavía hoy no son razón suficiente para considerar el equilibrio natural de los ecosistemas y la calidad ambiental del medio rural como el mayor bien de interés general superior, ligado a la Vida y a la Salud local y planetaria.
Algo tan esencial, tan básico, no son capaces de comprenderlo y respetarlo, ni multinacionales ni administraciones públicas, otorgando licencias de macroproyectos en territorios naturales o predominantemente naturales, previo convencer a alcaldías y parte de la población de lo bueno y necesario que son estos proyectos y del dinero que van a recibir a cambio de ceder sus tierras, o dicho sin eufemismos: «prostituir sus paisajes».
La transición hacia la implantación de las energías renovables es un paso importante, pero no es absoluto sino relativo. No se trata de sustituir la energía fósil y nuclear por las energías renovables, sino de lograr conjugar eficazmente varias fuentes energéticas según contextos y recursos disponibles, todo ello dentro de una lógica racional, inteligente y sensible, capaz de propiciar una transición energética hacia la multiplicidad y democratización de las fuentes de energía.
Por ello, es imprescindible analizar el contexto e impacto socio-económico, ecológico y cultural que implican los proyectos de renovables basados en el viejo modelo productivo oligárquico (producir mucha electricidad lejos de donde se va a consumir destrozando paisajes rurales), por tratarse de un «falso interés general», un «falso bien común», una «falsa ecología» y una «falsa sostenibilidad» a merced de los intereses financieros internacionales.
Sorprendentemente, los últimos años han estado marcados por la aprobación de una legislación que persigue simplificar al máximo los procedimientos administrativos para la concesión de autorizaciones de los proyectos renovables mediante la reducción de plazos, las presunciones de interés superior y la eliminación de la necesidad de realizar evaluaciones de impacto ambientales de los proyectos de forma individual. Ante ello, plataformas ciudadanas y entidades de defensa del territorio, hemos alzado la voz para hacer llegar nuestra desaprobación respecto ciertos textos legales que están supeditando la naturaleza a los intereses económicos de grandes oligopolios energéticos, dejando de lado a los territorios afectados.
En resumen, estamos en un pulso entre el viejo y el nuevo modelo energético, reflejo a su vez de la pugna entre las viejas y las nuevas estructuras de poder, tanto personal como social, cultural y civilizatorio.

Estamos en una encrucijada donde o bien involucionamos (degradación y artificialización de todo en manos de la tecnocracia) o evolucionamos de acuerdo a la plena condición y esencia humana develando la corrupción de instituciones y entidades, restaurando la justicia social y la verdadera política, y reconociendo el medio rural y sus recursos como la llave maestra para transitar un cambio de paradigmas. Un medio rural que no se vende en fondos de inversión, sino que es capaz de empoderarse para custodiar los valores naturales y culturales del territorio y ofrecer la mayor calidad posible en sus servicios y en los productos que nos dan de comer a todos.
Neus Buira Ferré
Presidenta de la Fundación GEA Gestión Territorial
Texto a partir del escrito preliminar y marco general al Informe Calduch. Análisis de la legislación básica sobre renovables y vías de actuación para la defensa del territorio y la biodiversidad.