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Fundación GEA Por Fundación GEA · · 9 min de lectura
En resumen

Entrevista a Odile Rodríguez de la Fuente sobre biodiversidad, asombro y la idea de que «Somos naturaleza»: causas, sombras y soluciones para reconectar con la Vida.

Odile Rodríguez de la Fuente es madre, bióloga, divulgadora científica y heredera del verbo apasionado de su padre. A través de conferencias, artículos y libros continúa descubriendo, a quien quiera oír, un mensaje vitalista y valiente, pues va más allá de lo que solemos escuchar en los ámbitos de la conservación de la biodiversidad. No se trata de cuidar la naturaleza como algo ajeno a nosotros, sino de un giro radical de comprensión de que «Somos naturaleza». La conciencia privilegiada que emerge de un entramado de Vida que acontece como un río poderoso desde todos los confines del universo.

La destrucción generalizada de especies y ecosistemas solo se resuelve yendo a la raíz de esa mirada distorsionada de un ser humano que no reconoce el lugar que ocupa en la naturaleza. Hablamos desde la complicidad que nos une, de causas y soluciones. De las luces y las sombras de un estado de cosas que nos urge al despertar.

Dicen que no se puede amar lo que no se conoce. ¿Puedes enamorarnos describiendo un concepto como el de biodiversidad, o sería mejor hablar de bioesfera, que nos ayude a entender lo que está en juego?

«Biodiversidad» es un vocablo con tintes científicos y asépticos que genera cierto rechazo en el común de los mortales, en gran parte porque suele ir asociado a noticias desalentadoras. Sin embargo, no es otra cosa que la VIDA en toda su esplendorosa creatividad: un reflejo bello, dúctil y animado del entorno que hizo posible su emergencia.

La vida —que, por cierto, aún no logramos definir— es uno de los fenómenos más extraordinarios y escurridizos que existen. Apenas empezamos a comprender que se trata más de un acontecer que de algo tangible; de hecho, cuando cesa en un ser, la materia permanece, pero privada de ese impulso indescifrable. En un universo de materia, información y energía, la vida constituye vórtices de orden y creatividad que, tras eones, han dado lugar a la conciencia: un impulso que comienza a mirarse y a intentar comprenderse a sí mismo.

«Cada vez más personas, incluso ajenas al ámbito conservacionista, se plantean preguntas incómodas, revisan creencias e inercias heredadas y aspiran a vivir en paz, armonía y plenitud. El mero hecho de concebir y vislumbrar cómo podría ser nuestra relación con este hogar común abre un universo de posibilidades.»

La vida, en su infinita diversidad, es esencialmente relacional: un intercambio continuo capaz de regular el entorno inerte que la sostiene y adecuarlo a sus necesidades. Es un error profundo reducir la biodiversidad a especies o especímenes aislados. Como se le atribuye al Jefe Seattle, la vida es una red donde cada hebra es una conexión que otorga resiliencia al todo. Arrancar hebras debilita la trama y nos aproxima peligrosamente al punto de ruptura, incapaces de soportar el peso de un entorno desregulado.

Odile

Pero la vida es mucho más. Posee la capacidad insondable de sostenernos y alentarnos, brindándonos belleza y plenitud. Embriaga y empodera a quien sabe escuchar su indefinible partitura.

Solo ella puede mostrarnos el camino de vuelta a casa.

¿Y por qué le cuesta tanto al ser humano conectar con esa realidad de sentirse parte?

¿Quizá porque lo hemos olvidado? Son ya muchas generaciones viviendo de espaldas a la naturaleza y a nuestra esencia. Escindidos de ese todo que nos colma y nos dota de sentido e identidad. Hemos sustituido ese sentir atávico por una cultura depositaria de creencias acuñadas a lo largo de siglos, orientadas a adoctrinarnos como ajenos a nuestro propio planeta. Creencias profundamente arraigadas que nos desarraigan de la naturaleza para interpretarla como una simple fuente inagotable de bienes y servicios. Algo puramente material que explotar y manipular para nuestro beneficio inmediato. Desde que nacemos, todo está orientado hacia esa escisión: la educación, nuestra forma de vida y nuestros valores cada día más crematísticos.

¿El asombro ante la naturaleza es el cimiento de una vida buena? ¿Cuándo hay que empezar a cultivarlo, en la propia cuna?

El asombro es una propiedad intrínseca de la vida, una peculiaridad que retroalimenta el propio impulso vital. Así como la alimentación o la reproducción se definen biológicamente como rasgos de lo vivo, el asombro es una cualidad presente en los seres con mayor grado de cognición. No en vano abundan los relatos de ballenas, primates u osos deleitándose ante escenas como una puesta de sol. La vida seduce y enamora; el asombro es la puerta de entrada a esa pasión.

Todas las crías nacen con esta habilidad a flor de piel. Adentrarse en una existencia nueva fascina y estimula. La clave reside en acompañar y facilitar el encuentro seguro entre lo que brota y lo que lo sostiene, permitiendo que las hebras invisibles afloren y se entrelacen. Desafortunadamente, esta oportunidad puede perderse si no se cultiva en la infancia. En múltiples especies observamos cómo la desconexión de la naturaleza en los primeros años —incluyendo el acompañamiento emocional materno y familiar— desencadena consecuencias desastrosas en la etapa adulta.

¿Decías en una editorial de Agenda Viva que «en la salud integral del ser humano estará la del planeta; que es más fácil hablar de la salud del planeta, proyectar nuestros desequilibrios en él, que asumir como propios los desajustes y, sobre todo, el diagnóstico»?

La vida es una totalidad y los seres humanos tal vez constituyamos su conciencia. Si entendemos que el tiempo ha otorgado una mayor complejidad a la red y a sus nodos, resulta plausible interpretar que la conciencia humana es un experimento de la propia vida para preservar y expandir su alcance.

Toda apuesta creativa ha implicado profundas crisis en la historia evolutiva. La fotosíntesis, una de sus mayores conquistas, supuso una convulsión que estuvo a punto de erradicar el resto de las formas vivas. Del mismo modo, dotarnos de una herramienta tan potente como el intelecto conlleva necesariamente una crisis de adaptación. Nuestra especie debe acomodarse a su nueva condición para encauzar esta habilidad sin autodestruirse ni aislarse de su propia identidad, mientras la naturaleza se adapta a las transformaciones del proceso.

Estamos en pleno tránsito de crisis, cambio y reajuste. Solo el tiempo dirá si seremos el eslabón hacia una mayor complejidad o uno más entre los experimentos fallidos de la evolución. Cambiar de perspectiva y reconocer que la naturaleza es parte de nosotros —un espejo para recuperar el rumbo— supone un salto cualitativo trascendental. Cuando el ser humano se reencuentre consigo mismo, hunda sus raíces en el pasado profundo del planeta y se reconozca como el fascinado y agraciado custodio de la vida, la naturaleza responderá nutriéndonos y sosteniéndonos en la inmensidad del universo.

¿Cuáles son las principales sombras de la conservación de esa biodiversidad en nuestro país, y cuáles sus luces?

Sombras. No es un mal exclusivo de nuestro país. A nivel global, seguimos intentando achicar agua de un barco que se hunde en lugar de reparar la vía de agua. Ese agujero somos nosotros y nuestra propia condición. No afrontarlo podrá ralentizar el hundimiento, pero jamás lo evitará.

Un ejemplo sería nuestro cinismo en cuanto a la transición ecológica. Llenar España de paneles solares en zonas donde incluso se aterrazan árboles para ello es más de lo mismo. No se trata de seguir con el mismo modelo (centralización de la producción y distribución energética, crecimiento continuado del consumo energético…), sino de darle la vuelta completamente al sistema socioeconómico. La energía debería producirse donde se consume, de forma distribuida y compartiendo los excedentes en redes inteligentes. El consumo energético debería bajar drásticamente aplicando la biomímesis a la construcción de edificios, ciudades e industrias, y replanteando la cadena de suministros global para primar una relocalización de la producción y el consumo. La prioridad debería ser renaturalizar espacios naturales y, en todo caso, aprovechar impactos existentes para las energías renovables. Esto mismo sería de aplicación a la eólica, que sigue colocándose en zonas donde causa enormes daños a la avifauna.

Luces. Cada vez más personas, incluso ajenas al ámbito conservacionista, se plantean preguntas incómodas, revisan creencias e inercias heredadas y aspiran a vivir en paz, armonía y plenitud. El mero hecho de concebir y vislumbrar cómo podría ser nuestra relación con este hogar común abre un universo de posibilidades.

Resumen imagen

¿Qué intervenciones clave harías en nuestra sociedad y cultura para cambiar la manera en la que nos religamos con la naturaleza y preservar la biodiversidad que nos queda?

Me llevaría todo un libro hacer un repaso suficientemente exhaustivo (que, por cierto, hice de un modo muy didáctico en Somos Naturaleza), pero, de forma resumida, me centraría en:

  • Sistema educativo. Aunque ya hay iniciativas muy interesantes en esta dirección, el sistema educativo es uno de los pilares que pueden ayudar a revincularnos y a redescubrir nuestro potencial o, por el contrario, perpetuar la neurosis colectiva de que somos víctimas.
  • Economía. Es la matriz sobre la que se rige nuestra existencia. Es vital redefinir sus principios como medio orientado hacia el bien común, con un techo ecológico y un suelo social.
  • Renaturalizar. No se trata de conservar, sino de ayudar a la naturaleza a recuperar sus procesos y el espacio necesario para hacerlo. Como botón de muestra, hemos perdido cerca del 80% de los humedales a nivel global, cuando estos ecosistemas no solo funcionan como los riñones del planeta, sino como sumideros de dióxido de carbono, viveros de anfibios, peces y aves, además de eslabones clave en el ciclo del agua. Una naturaleza sana es el mejor antídoto frente a las peores consecuencias del cambio climático y el único freno frente a la subida de las temperaturas.
  • Biomímesis. Imitar a la naturaleza: desde cómo usar y reutilizar mejor la materia y la energía que necesitamos, hasta cómo ser más eficientes y colaborativos, o cómo cocrear círculos de creatividad virtuosos con otros seres vivos.

En definitiva, colocar a la naturaleza en el centro de nuestra existencia para que nos enseñe a vivir en armonía con lo que realmente somos y a florecer como depositarios de una conciencia que debería ponerse al servicio de la vida.

«Somos Naturaleza», de Odile Rodríguez de la Fuente (Bold Letter Editorial), es un libro de divulgación para jóvenes.

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